40 años en primera persona

CIRCULO 55

Por

José Luis Ortega

www.pilardeopinion.com

Carmen Lorefice, es una Madre de Plaza de Mayo (de línea fundadora). Su hijo, Jorge Enrique Aggio, fue secuestrado el 31 de julio de 1976 y su asesinato, pudieron saber después, 34 años después, se dio en el marco de la Masacre de Fátima el 20 de agosto. Tenía 29 años.

Este año no pudo ir a las charlas que da habitualmente en los colegios y universidades. No podrá estar en la Plaza de Mayo, ingresando con la bandera de Madres, como cada 24 de marzo. “Esta semana estoy de llanto en llanto”, dice. Una caída le lastimó la cadera y el reposo obligatorio, que no cumpliría si la silla de ruedas no se lo impidiese, la obliga a quedarse en su casa del barrio de Boedo, “Pero en agosto, si Dios me lo permite, voy a estar en Fátima otra vez”, se dice a ella misma, entre un ruego y una promesa. Es el primer año en 40 años que no puedo ir. Tenía tantos sueños, tantas cosas lindas para hacer, tantos lugares para ir, pero la plaza era lo principal. Es mi vida. Dios esta vez me dijo que no”.

A 40 años del comienzo de la peor de las historias, ésta es la historia de Carmen, de su familia, de las Madres y de cada uno de los que siguen pidiendo Memoria, Verdad y Justicia.

“Mi hijo era Analista de Métodos y Sistemas y directivo en la National Cash Register, era una pieza muy especial en la compañía, en esa época no había quien supiera manejar las computadoras, él era uno de los primeros en esa especialidad en Argentina”, recuerda Carmen.

La vida como una familia normal, una familia tipo, “mi marido, mi hija (Liliana) y mi hijo, una vida tranquila sin sobresaltos”.

Para hablar de la historia de la desaparición de Jorge, hay que remontarse a unos meses antes y a un pedido de las empleadas de la empresa en la que trabajaba. “Señor, queríamos hacerle un pedido, nos quedamos sin delegado, porque enfermó y no tenemos quién nos represente y nosotras ganamos muy poco acá abajo”. Él  comentó que no estaba enterado, y que como directivo no podía ocuparse de ese tema.

Pero “Era un ser privilegiado, tenía un alma enorme, no sabía decir que no”.

Cuando lo comentó en la mesa familiar, fue su madre quien le dijo “no te metas en esas cosas, ya tenés mucho trabajo, estás bien”,  “tenés razón mamá, lo voy a pensar” la tranquilizó Jorge. Al otro día fue aceptó el ofrecimiento.

“Jorge actuaba en política, yo nunca lo supe, nunca me lo contó. Cumplía con su trabajo, con su familia, con todos”, dice Carmen, que para recordar mira fijo por la ventana que da a la calle. Su hijo militaba en Montoneros.

Aggio_Enrique_Jorge
Recordatorio Publicado en Página/12

Ella lo acompañaba hasta en los exámenes que daba en el Nacional Buenos Aires, era un poco remolón, y a veces se quedaba en alguna materia. “A él le daba vergüenza, porque cada vez que se daba vuelta, estaba yo ahí para ver cómo daba el examen”.

La vida transcurría tranquila. “No estaba enterada que había desaparecidos, los diarios no hablaban, las radios tampoco y la televisión menos. No sabía lo que estaba pasando en el país exactamente”.

LA DESAPARICIÓN

Jorge llamaba todas las mañanas. Llegaba a la oficina, se sacaba el saco y en seguida llamaba: “Cómo estás… hoy voy a pasar por ahí…” y la verdad es que era una alegría para Carmen.

“El 30 de julio me llamó por la noche. Me dijo “todo está bien mami”. Al otro día no me llamó. El 1 de agosto tampoco. Llegó mi cumpleaños, el 6 de agosto, y no llamó. Jamás en la vida había pasado eso. Pensé que estaba de viaje, lo hacía por su trabajo, pero era difícil que no me lo contara”.

No llamó.

“Dos días después de mi cumpleaños, había salido a saludar a una familia amiga por el nacimiento de su bebé. Cuando volví a casa, me encontré con mi hija y mi marido, era un día de invierno, cerca de las 8 de la noche. Me sorprendió porque teníamos un negocio y mi marido no volvía nunca antes de las 9”.

Algunas excusas vagas, unos mates, y la invitación de su hija: “por qué no vamos al comedor así charlamos un poco, que estamos más cómodos”.

La condición cardíaca de Carmen multiplicaba la dificultad de iniciar la charla. “Empezamos a hablar de Jorge. Yo les decía “qué raro, por dónde andará”. Mi marido entonces me dijo: “mirá, Jorge no está por ningún lado” y mi hija: “tengo información de que está desaparecido”.

Era un Desaparecido. Esa palabra no la había escuchado  nunca en Argentina. De hecho, la palabra no tiene traducción a otros idiomas en ese sentido.

  • Cómo desaparecido? Qué es eso?

  • Desaparecido mami, no sabemos, nadie sabe. Sabemos que se lo llevaron, pero no dónde está.

Desde ese día pasaron varios que la tuvieron en la cama, llorosa, absorbida por la depresión. “Hasta que un día, a la mañana, dije NO. Me voy a levantar y voy a buscar a mi hijo. Ahora. Y salí a la calle”.

“Me pasaba los primeros días que lo veía en todos lados, en el colectivo, en un bar sentado, en una esquina doblando”.

La primera puerta que golpeó fue la del Episcopado Argentino. “Según ellos, de desaparecidos, no sabían nada. Pero sabían”.

De ahí, al diario Clarín, “a ver si podían hacer algo, alguna nota, una mención. Estaba solita, todavía el grupo de Madres no se había formado” y faltaría un año para que eso pasara.

“Me dijeron que vaya al Ministerio de Gobierno y allá fui. Ya para ese momento mi marido había hecho el primer habeas corpus en el Ministerio del Interior (hicimos más de 100 en todo el país). Cuando fui a reclamar, tomaron nota, me dijeron que no sabían nada, como a todos”.

Al día siguiente volvió a la calle en su búsqueda, “Me fui a la Superintendencia de Seguridad de la Policía Federal -conocida como Coordinación. Ahí tampoco sabían nada me decían, que vamos a ver, que venga la semana que viene y así. A mi hija le llegó información que lo tenían en Coordinación Federal. A partir de ese día, vivía en Coordinación.

INTUICIÓN DE MADRE

Hay quienes piensan que hay un hilo que una a cada madre con sus hijos. No importa dónde estén, no importa si están alejados, enojados, descontentos, el hilo los mantiene conectados y les da la posibilidad de dar tironcitos para tenerse cerca.

“Yo iba todos los días a la Superintendencia de Seguridad Federal a reclamar por mi hijo, subía y bajaba las escaleras, golpeaba puertas de oficinas, me pasaba las tardes enteras ahí, y para entrar sufríamos las revisaciones que nos hacían eran terribles. Y mi hijo estaba ahí. Abajo. Detenido”.

Carmen no dejó de recorrer ninguna dependencia: iba a Campo de Mayo, el Olimpo, a todos. Hasta tramitó una visa en la Embajada de Italia, por si llegaba a aparecer, para que lo pusieran en un avión y lo llevaran a Italia donde había parientes.

Pasó un año, hasta que las madres se empezamos a juntar en la Plaza de Mayo. “Qué hacemos, cómo hacemos para que nos escuchen, para que nos vean? Azucena Villaflor preguntó: “Alguna tiene un pañal? Y la que no tenga se compra un pañuelo de tela blanca, para ponerse y vamos a dar la vuelta a la Pirámide, acá pasa mucha gente y van a ver lo que está pasando. Así empezamos. Éramos 14. La gente se acercaba y cada una contaba su historia. Los que más se interesaban eran los extranjeros. Después se acercaron periodistas también extranjeros y funcionarios de Francia, que nos apoyaron económica y moralmente”.

Y la persecución se volvió contra ellas.

“Lo peor que nos pudo haber pasado fue lo de la iglesia de la Santa Cruz y los secuestros posteriores, por el accionar del infiltrado Alfredo Astiz (alias Gustavo Niño)”.

El 8 de diciembre de 1977, un grupo de tareas de la ESMA secuestró a 7 personas a la salida de la Iglesia, donde se habían reunido para organizar una colecta de dinero con el fin de publicar una solicitada en el diario La Nación con los nombres de sus familiares desaparecidos. En total fueron secuestradas 12 personas en 4 operativos consecutivos.

19771210-Solicitada del 10-12-77

“Astiz marchaba al lado mío, y le decíamos “nene no vengas a las marchas, te van a llevar” y él decía que no le importaba que iba a seguir luchando por su hermana desaparecida. Después iba, agarraba el teléfono y pasaba la información que recolectaba. Mi nombre estaba en la lista de las que íbamos a estar ahí, en la iglesia, ese día”.

Carmen tenía que estar ahí, porque era una de las encargadas de recolectar el dinero para pagar la solicitada que aparecería en el diario La Nación.

“Todos los sábados salía en el diario un listado con los nombres de quienes desaparecían y la fecha. Ese día fui a La Plata a una marcha, estábamos muy cansadas, y de ahí a la Plaza a dar la vuelta. Había que ir al diario a pagar, faltaba plata y con otra madre pusimos lo que faltaba. Después iba a ir a Santa Cruz y ahí nos iban a reponer el dinero el resto de las Madres. Pasé por lo de mi hija a tomar unos mates y me dijo que no vaya a la iglesia, llovía mucho, estaba muy cansada y finalmente no fui”.

“Al otro día a la mañana me entero que se habían llevado a 12 madres y a las 2 monjitas, que daban la vuelta conmigo, que sólo nos acompañaban. No podía parar de llorar. Éramos todas familia. Yo tenía que estar ahí”. Todavía se asombra y agradece no haber estado, “por algo Dios lo quiso así”.

Siguiendo el Hilo

La masacre de Fátima fue la reacción de la dictadura al atentado llevado a cabo el 2 de julio de 1976, cuando un artefacto explosivo, cuya colocación se atribuyó la organización Montoneros, estalló en la Superintendencia de Seguridad Federal, dejando un saldo de 23 oficiales y un civil que estaba de visita. Los días siguientes murieron otros 7 oficiales de los 60 heridos que se habían producido.

Desde la jefatura, se pidió que trasladen a Pilar, a 30 detenidos de la dependencia. Fueron 10 mujeres y 20 hombres, que el día 19 de agosto de 1977, fueron sedados y subidos a camiones para  su destino final, a más de 50 kilómetros. Al otro día, en las primeras horas de la madrugada, se sintieron los disparos en el descampado a la altura del kilómetro 62 de la ruta 8. Un rato después, la explosión. Porque para enmascarar el accionar, dar un mensaje de terror, por un problema de logística o simplemente puro sadismo, luego del fusilamiento, hicieron volar los cuerpos en un radio de más de 25 metros, dinamitándolos.

30 muertos en el atentado. 30 fusilados en Fátima trasladados desde la misma Superintendencia. 30 por 30.

cl_1976

Unos días después de la Masacre de Fátima, Carmen con otras compañeras se acercaron al lugar. “A cada lugar donde aparecían cuerpos íbamos. Pero ya no había nada. Era un pueblo muy chico y la gente en ese momento, no se animaba a hablarnos. A nosotros nos dijeron cuando fuimos, que no sabían nada, que no habían escuchado nada. Muchos años pasaron hasta que la gente empezó a hablar. Y contar que desde el día anterior se había dispuesto un operativo en el lugar, preparando el horror”.

LA IDENTIFICACIÓN

Los restos de Enrique Jorge Aggio fueron identificados a fines del 2009, 34 años después de su desaparición, gracias al trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense junto con las Madres de Plaza de Mayo -Línea Fundadora-.

“Fue muy difícil y una lucha muy larga, fue gracias a Néstor Kirchner, que dispuso el trabajo del Cuerpo de Antropólogos a trabajar en la identificación de los desaparecidos. Cuando se comenzó con ese trabajo lo primero que hicimos con mi hija fue sacarnos sangre para integrar el banco de datos genéticos”.

Pasaron 5 años. Liliana, la hermana de Jorge, estaba trabajando como docente en una escuela que quedaba a 2 cuadras de su casa. Cuando estaba ingresando al aula con los alumnos, se acercó Florencia, la secretaria, y le dijo:

  • Andáte a tu casa.
  • Pero qué pasó? Los chicos? Mi familia?
  • Confía en mí. Andáte a tu casa que no pasó nada. Pero por favor andá.

Fueron los 200 metros más largos de su vida. Al llegar a la esquina, vió a su hija y su hijo conversando en la puerta. La saludaron sonriendo, colorados y con ojos vidriosos.

El varón preguntó “se lo decís vos o se lo digo yo?”. Ya en la oficina del taller mecánico de la familia, y sin dar rodeos le dice: “Apareció el tío Jorge”. Liliana no entendió, “qué me estás diciendo?”. La aclaración se hizo rápido: “Aparecieron los restos del tío Jorge”.

El llanto lo interrumpió todo. Los abrazos. La emoción.

Ahora venía la tarea más difícil: Contárselo a Carmen.

Era un miércoles. A las 22 horas Liliana llegó a la casa de su madre, sonriente, feliz.

  • Qué haces acá a esta hora? Estás sola? Pasó Algo?
  • Vine a tomar unos mates.

La conversación era difícil, no sabía por dónde encararla, no sabía la reacción que podía tener. Como aquella tarde noche del “Jorge está desaparecido”, la charla se dio en el comedor.

Lili arrancó con “sabés por qué vine, porque vine a traerte un regalo”. La mirada de Carmen buscó en la mesa, en la cartera, pero no veía nada.

  • Qué regalo?
  • Vos qué me decís siempre, cada vez que te pregunto qué querés que te regale?
  • Que lo que yo más quisiera en la vida, vos no me lo podés regalar.
  • Sabés qué, hoy si te lo puedo regalar?
  • No, no podés…
  • Aparecieron los restos de Jorge.

Lloraron juntas, pero no juntas, por unos minutos. Hasta que se levantaron y se abrazaron. Y del abrazo nació el baile en círculos para un lado y para otro.

Los 34 años de tironcitos al hilo, los terminaron juntando.

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Carmen y Liliana.

“Yo no me conformaba con nada”, dice Carmen, quería saber y ver todo. Todo.

Carlos Somigliana, es integrante del Equipo de Antropología Forense, “Maco” para Carmen y todos los familiares de desaparecidos que tuvieron trato con él, les pudo dar con rigurosidad científica detalles de las últimas horas de vida de Jorge y de los días posteriores.

Por ejemplo, que su cuerpo, y el de otro de los fusilados, no había sido alcanzado por la explosión de la dinamita esa madrugada en el descampado de Fátima y que no habían sido enterrados al instante como los restos de los demás. Habían estado en una morgue mucho tiempo, hasta que los sepultaron.

Pero Carmen quería TODO. Quería ver el cajón. Los antropólogos, y terapeutas que acompañan en cada identificación a familiares, explicaban que estaban resguardados en la parte baja del edificio, que no se podían ver.

Carmen no iba a enterrar a su hijo sin ver el cadáver. “Están los huesos en un cajón” le explicaron. “Los pueden armar?” preguntó ella. La conversación terminó con un “Vengan mañana a las 4 de la tarde, y vemos”.

Al otro día, y después de una larga charla con una terapeuta, bajaron al subsuelo, Carmen y Liliana, a una oficina con una larga mesa que tenía dispuesto un esqueleto armado a la perfección, “No faltaba ni una sola de las falanges de los dedos”, recuerda Lili. Se podían ver los agujeros de las balas en los huesos lustrosos.

Les acercaron 2 sillas y las dejaron a solas, con Jorge.

Como toda madre, necesitó apoyar la cabeza de su hijo en su pecho y se quedó así un rato.

“Quiero la primera cremación de la mañana, así no se mezclan las cenizas”, dijo Carmen. Se consiguió. Maco estuvo ahí hasta que les entregaron la urna.

Hoy no Carmen no va a estar en la Plaza de Mayo. Pero si va a estar. Porque los jóvenes que hoy se movilizan y mantienen vivo el reclamo de Memoria, Verdad y Justicia, los que están en un barrio dando una mano al que lo necesita, y ven en las Madres a las madres de todos, son parte de su legado, por su lucha y su entrega.

Seguro en Agosto nos cruzaremos en Fátima, para recordar. Y espero también verla a Liliana, que nunca pudo ir. Simplemente no pudo.

Antes de irme y después de charlar otro largo rato de política, de recibir consejos, y ver las fotos y los homenajes de todo el país, no me quiero ir sin preguntarle: ¿Cómo se sigue? “Igual. No, con más fuerza. Todavía no terminé”, dice ella. Tiene 91 años.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Inés Aggio dice:

    Soy Inés Aggio. Hija de Enrique Jorge Aggio. Quiero decir que no entiendo por qué no se me nombra en ningún momento de este relato. Cuando mi papá desapareció, estaba casado con mi mamá y tenía dos hijos: Jorge Luis Aggio y yo. Y resulta que parece que nunca hubiésemos existido. Hoy es 24 de marzo y me topé con este relato que no hace más que enardecer mi dolor.

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