La batalla crucial: En los barrios.

CIRCULO 55
Por Silvano Pascuzzo.
(Licenciado en Ciencia Política y Profesor de la UNLA).

 

 

Los Desafíos de la Política.

El Presidente de la Nación, ha vetado la llamada “Ley Antidespidos”. Con ello, ha cumplido; puede decirse; con las promesas de hacerlo, dotado de una inusual confianza en sí mismo, inusitada dado el contexto en el que transcurren hoy los acontecimientos políticos más relevantes.

Ocurre, a nuestro juicio, que Mauricio Macri es afecto a los golpes mediáticos y a los símbolos comunicacionales. Quiere dejar de manifiesto, ante propios y extraños, que no va a cambiar el rumbo de sus políticas laborales y macroeconómicas, en una señal clara y contundente hacia su principal respaldo: el sector empresarial trasnacionalizado, los gerentes de sus compañías y ante todo, el capital financiero. Piensa, inocultablemente, que a la sociedad podrá dominarla por la vía de los medios masivos de comunicación y a través de los efectos desmovilizadores del programa neoliberal en marcha. En ello es un digno discípulo de José Alfredo Martínez de Hoz.

Así, sus certezas no tienen un origen “político”, son el resultado de una matriz de pensamiento ajena e incluso “enemiga” de los complicados acertijos de la política democrática. Sus fines, tampoco tienen mediatizaciones partidarias o sectoriales, sino objetivos de cumplimiento inexorable.

En una palabra, cree ciegamente en las “fuerzas del mercado”, y en ello es extremadamente ideológico. Su dureza es un gesto destinado a cuidar y a cultivar los vínculos privilegiados que lo unen desde sus años de estudiante en el Colegio Cardenal Newman con los elementos más caracterizados del empresariado argentino. En eso también piensa como los guardianes castrenses de la Dictadura Genocida: que la peculiaridad del “Mundo Libre” es la existencia de empresas privadas y de tecnócratas encargados de administrarlas.

En consecuencia, no es raro que muchos de quienes lo votaron en octubre de 2015 – en la primera vuelta electoral – provengan de los sectores sociales altos y medios altos. Macri es expresivo de sus sueños, sus orientaciones ideológicas, de sus fobias y odios y por supuesto, de sus intereses económicos y de clase. Es, sin dudas, uno de ellos.

Nadie puede negar que sus expresiones públicas son las de un “hijo de rico”, las de un “playboy” superficial, acostumbrado a vivir en medio del despilfarro y a cumplir gracias al dinero paterno, con todos los caprichos esnobistas que se le ocurran.

Culturalmente el Primer Magistrado es un hombre hueco, vacío y superficial. Es indiscutible que habla por boca de terceros, y que su idea del Mundo es la primarizada y torpe caricatura difundida por los tecnócratas liberales al servicio de las empresas de sus parientes.

Lo llamativo, sin embargo, es que sus ideas y sus opiniones se hayan convertido en una mayoría tan sólida y coherente de la opinión pública; al menos hasta el momento. Más de la mitad de la población, aún espera resultados positivos de la aplicación de un paquete de medidas económicas y sociales que en otras épocas ya han demostrado – aquí y en el resto del Globo– su inexorable consecuencia: la pobreza y la exclusión masivas.

Este estado de situación, es lo más alarmante del escenario político actual, a pesar de que parte de esas adhesiones pueda estar explicada por una actitud marcadamente “anti kirchnerista”. Pero algo es claro: todavía muchos creen que el Presidente representa un proyecto democrático y modernizador, desvinculado del pasado reciente, y surgido de la vocación de servicio de un hombre rico preocupado por el país y su gente, aunque sea obvia la falacia que dicha aseveración intenta sostener.

La pérdida de la iniciativa política del Gobierno Nacional es no obstante obvia y muy evidente. Su derrota parlamentaria de la semana anterior, así como el tono “defensivista” de sus principales espadachines mediáticos – ninguno caracterizado por sus virtudes discursivas – demuestran que “Cambiemos” es una construcción política endeble, sostenida más por sus odios y rechazos que por una real visión de conjunto salida de la política; y que es al mismo tiempo, un remedo de la Alianza de 1999- 2001, pero carente del brillo argumental de un Chacho Álvarez o del poder territorial del Radicalismo, reducido a primo pobre de los CEOS de las grandes multinacionales que conforman hoy los elencos del funcionariado oficialista.

Aferrado a sus primarias definiciones económicas y a sus semi certezas culturales, el Neo Liberalismo vernáculo sólo parece repetir hasta el hartazgo la “culpabilidad exógena” de todos los problemas y de todos los males; una táctica, no sólo mendaz, sino también autista.

El otro dato importante, es la fuerza demostrada en la calle y en los pasillos del Congreso por el Movimiento Obrero. Las cuatro centrales sindicales reunidas el sábado en Mar del Plata durante el Encuentro de la Pastoral Social, están intentando – con cierto éxito – reconstruir las bases de una organización que pueda dar cuerpo no sólo a protestas sectoriales, sino a la expresión multifacética y ecléctica que necesitan hoy los trabajadores para defender sus derechos y mantener lo mejor posible sus niveles de ingreso y sus fuentes laborales.

Con tino, circunspección y un inusitado estilo diplomático, los jefes cegetistas están dispuestos, ante la amenaza que se yergue sobre sus sindicatos, a entablar con la “Política” un conflicto inteligente, un juego de ajedrez que tenga en cuenta, además de otras variables, la opinión pública y sus complejas subjetividades. Están como nunca dispuestos a pelear con un Gobierno en el que no confían; pero paralelamente saben que necesitan de “unidad” y de “consensos” a la hora de tomar decisiones en el campo de la protesta social.

Templados en los duros años 90, Moyano, Caló, Michelli y Yasky no ignoran el alcance y las consecuencias del ajuste fiscal y tarifario que desde su asunción ha llevado adelante el Presidente y sus ministros; pero no desean – correctamente creemos – ser los responsables de “medidas destempladas” y a “destiempo”.

Pero a la vez, y todos lo sabemos, la sociedad no se puede constreñir a los límites estrechos de los deseos individuales de tal o cual dirigente. La destrucción de empleo público y privado, el avance de la inflación y de las políticas de ajuste, los tarifazos en los servicios públicos esenciales; todo conlleva cimbronazos en el corazón de una comunidad acostumbrada durante por lo menos diez años a mejorar constantemente sus ingresos reales y a disfrutar del consumo y de cierto grado de bienestar.

No es la Argentina de los ochenta, transitada por años de crisis, la que enfrenta Macri; sino una muy distinta, que sale, violentamente y por los efectos paradojales de su propia decisión colectiva, de una abundancia a la que los liberales gustan llamar eufemísticamente “fiesta”, pero que fue sin dudas, lo más cercano a la idea que tenemos todos de progreso y equidad.

Es previsible que reaccione pues, de modo muy distinto a como lo hizo allá por los años 90. Al menos, eso indican las primeras batallas verbales y las incipientes movilizaciones masivas de las últimas semanas.

Los dirigentes opositores deben, es claro, realizar acertadas lecturas de éste escenario. No es con maniobras parlamentarias ni con congresos partidarios como será posible frenar y luego revertir los efectos acumulados de las medidas derechistas del Macrismo.

La batalla crucial, la decisiva, estará; como siempre lo ha estado; en el corazón de los barrios, en los territorios y en los lugares de trabajo.

El “Frente Cívico” lanzado por Cristina en las puertas de los Tribunales de Comodoro Py hace apenas unos meses, no va a convertirse en realidad operante y efectiva, reuniendo pensadores e intelectuales en las lujosas oficinas de un Centro Cultural. Eso puede poner las bases de un Programa de Gobierno, juntar masa crítica y operar en los medios radiales y televisivos apariciones estelares de tal o cual personaje; pero el caldo de cultivo de toda construcción duradera es el hogar y los espacios sociales vacíos de referentes capacitados y activos.

Si no se encienden los motores de un intento organizativo a nivel de las bases, con líderes locales y sectoriales surgidos del corazón de las fábricas y las barriadas, de las universidades y de los sindicatos, la batalla se perderá, y con ello el sufrimiento de todos se prolongará hasta que el futuro devele sus arcanos. Un riesgo, que sensatamente, debería evitarse.

El Movimiento Nacional y Popular no es un Partido y tampoco un conjunto de figuras mediáticas impulsadas al estrellato por virtudes individuales; es, y siempre lo ha sido, una manifestación de aspiraciones y esfuerzos colectivos, liderada en verdad, por hombres y mujeres con virtudes y defectos, con miserias y brillos, con esperanzas y temores.

Pero fue y debe ser algo más que declaraciones altisonantes y tácticas egoístas de corto plazo, pensadas para potenciar veleidades poco altruistas de ciertos supuestos referentes. Los tiempos han cambiado en el país, y la “pelea por la dignidad” se ha convertido, para muchos de nosotros, no solo en una obligación “militante”, sino en la necesidad más acuciante de una época que se avizora dura, terrible e incluso, implacable.

Soñar con la salvación individualista y la espera cómplice de mejoras ocasionales, con posicionamientos tácticos de “vuelo gallináceo”, al decir de Juan D Perón; es no sólo estúpido, sino también suicida.

La “Política” como actividad ha sido devaluada, no sólo por la acción de los medios de comunicación y el periodismo independiente; sino y antes que nada, por los errores y las traiciones de los propios políticos al mandato popular.

Esa traición fue el producto de una visión limitada y pobre de los fenómenos sociales y económicos de los últimos cuarenta años, de un vacío de valores trascendentes que inspiren la acción política y la conduzcan en medio de las oscuridades de la vida cotidiana; y sin dudas, por los vínculos con los poderes factuales y las corporaciones del capitalismo financiero trasnacionalizado.

El Kirchnerismo intentó un cambio en la dirección de realzar la figura idílica del “militante”, para contraponerlo al operador, al tecnócrata y al caudillo territorial; pero no pudo – o no supo – crear miles de líderes legitimados por su peso específico en las comunidades en que viven y trabajan. Sin ese entramado, sin esa construcción, será difícil cambiar los rumbos de un país que como el Titanic, parece dirigirse al desastre, en medio de los oropeles banales de la superficialidad y el egoísmo de una casta dirigente pusilánime y cobarde; cuya figura más rutilante es la de un Capitán, al que no caben dudas, le faltarán las agallas para hundirse con su barco.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Ricardo Lucero dice:

    Coincido. Pero como lo que critica… Esta haciendo una explicación desde un escenario para que el publico escuche… Como llevar eso al pueblo?

    Me gusta

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