El levantamiento del General Valle

CIRCULO 55

Por

Fabián Domínguez
(Profesor de Historia y
documentalista)

 

Los operativos en la guarnición de Campo de Mayo en contra de la dictadura de Aramburu. Los “libertadores” dan a luz la “revolución fusiladora”.

El 9 de junio de 1956 hubo una rebelión encabezada por el General Juan José Valle, que tuvo por objetivo recuperar el poder que la autodenominada Revolución Libertadora le había sacado al pueblo al derrocar al Presidente constitucional Juan Domingo Perón.

La rebelión falló y la jornada terminó en tragedia, con numerosos fusilamientos de militares y civiles en Capital Federal y Gran Buenos Aires. Rodolfo Walsh contó en detalle los fusilamientos de civiles en el basural de José León Suárez en Operación Masacre; Salvador Ferla, desde otra perspectiva, describió aquellas horas a través de Mártires y Verdugos; por su parte el suboficial Carlos Burgos contó su experiencia en un libro que publicó en 1972 bajo el título Revolución y Fusilamientos, mientras que al cumplirse los cuarenta años de aquella acción Enrique Arrosagaray retomó el tema, centrando el foco de atención en Avellaneda en su trabajo La Resistencia y el General Valle, generando la obra más completa sobre aquellas jornadas rebeldes.

Campo de Mayo fue uno de los ejes de importancia del levantamiento, aunque la falta de coordinación, las traiciones y las delaciones favorecieron el fracaso del copamiento de la unidad militar, donde dos coroneles y cuatro oficiales jóvenes fueron pasados por las armas por sus propios camaradas del Ejército. Muchos suboficiales salvaron sus vidas por una medida que llegó segundos antes que se gatillara contra sus pechos.

La respuesta del pueblo

La rebelión del 9 de junio no fue un hecho aislado, sino la respuesta natural del pueblo ante la agresión de militares que un año antes había iniciado una escalada en contra de toda la población. El primer hecho significativo fue el bombardeo del 26 de junio de 1955, cuando en la Plaza de Mayo quedaron cerca de 300 personas asesinadas, y el doble quedó con heridas, luego del paso de aviones militares que atacaron a todo lo que se moviera en el histórico lugar, con el fin de derrocar a Perón. El golpe de Estado, autodenominado Revolución Libertadora, se produjo en septiembre del mismo año, y no solo inició una feroz persecución a militantes y simpatizantes justicialistas, sino que prohibió todo lo que estuviera relacionado con el peronismo.

Desde lo económico se adhirió al FMI y sus recetas, favoreciendo internamente a las clases más pudientes y generando un clima favorable para las empresas extranjeras en desmedro de los trabajadores. La CGT, órgano representativo de millones de trabajadores, fue intervenida; y ya ocupado el edificio se dedicó con esmero a robar, ultrajar, vejar y esconder en Europa el cadáver de Eva Perón, no solo la mujer que defendió como nadie en la Argentina a los más pobres, sino la que, previendo las traiciones dentro de las Fuerzas Armadas, había impulsado la creación de milicias de trabajadores, comprando armas en su gira por Europa. En General Sarmiento, distrito lindero a Campo de Mayo, ocupaba el cargo de intendente el comisionado Santiago Gutiérrez.

El golpe de Estado, y el consecuente alejamiento de Perón, no desembocó en una guerra civil, aunque no impidió que los perseguidos se empezaran a organizar para resistir el embate de la movida golpista que encabezó Eduardo Lonardi primero, y continuaron con más fuerza represiva Pedro Aramburu y Isaac Rojas. Esos movimientos de resistencias fueron espontáneos, muchas veces sin coordinación entre sí, aunque Perón intentó darle un conductor delegando el mando en John William Cooke.

Sabotajes, colocación de “caños”, y una insinuación de guerra de guerrillas, tomando como modelo las montoneras de Artigas, Güemes, Andrés Guacurarí o Felipe Varela del siglo XIX, y adelantándose a las estrategias guerrilleras setentistas. En las Fuerzas Armadas también hubo militares que se resistían internamente al golpe “libertador”, algunos fueron dados de baja, otros fueron mantenidos en el “freezer”, los que pasaron desapercibidos quedaron adentro de la institución tratando de tomar contacto con grupos de la informal resistencia peronista.

Juan José Valle fue un General que decidió comandar una revuelta para derrocar a Aramburu y Rojas. Lo acompañaron el General Raúl Tanco, un grupo muy pequeño de coroneles, algunos oficiales, una mayor cantidad de suboficiales y grupos civiles distribuidos por el Gran Buenos Aires. En el interior estaba armada la red en lugares como La Pampa, Córdoba, Salta, Rosario, y en la provincia de Buenos Aires los ejes de la rebelión estuvieron en La Plata, Avellaneda, Lanús, La Tablada, Capital Federal y Campo de Mayo, la guarnición militar más grande del país, con un gran poder de fuego y clave para cualquier sublevación.

Y si la intentona es recordada no es ni por la espectacularidad, ni porque hayan jaqueado un poder infinitamente más grande, ni porque se haya prolongado en el tiempo. La revolución de Valle es recordada porque al fracasar, los participantes fueron pasados por las armas, siendo fusilados civiles, suboficiales y oficiales, entre ellos algunos que no formaban parte del movimiento sedicioso y otros fusilados aplicando la ley marcial con retroactividad.

Campo de junio

La rebelión estalló el 9 de junio, y como Campo de Mayo reunía un poder de fuego importante, el comando de Valle designó a tres coroneles para tomar la guarnición militar. Horas antes los que participarían de la sublevación en la guarnición militar recibieron la arenga de Valle junto al río Luján, es posible que en la Fábrica Militar de Pilar, donde se dejó en claro que no sería a sangre y fuego, es decir que se buscaba provocar la menor cantidad de bajas posibles.

Los coroneles Ricardo Santiago Ibazeta y Alcibíades Cortines encabezaron la revuelta, bajo el mando del coronel Berazay, quien tuvo una participación de pocos minutos en la intentona antes de alejarse del terreno de operaciones. Los lugares que se debía controlar en el primer golpe de mano eran la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral, la Escuela de Comunicaciones, el Hospital Militar y la Usina, que proveía de luz a toda la guarnición.
El nivel de precariedad de la movida lo marca que entre los jefes participantes no había contacto directo, que muchos suboficiales fueron a copar los puestos asignados en colectivo ya que no contaban con movilidad propia, que no había contacto con el personal que estaba en el interior de la guarnición y que estaban a favor del golpe, y además el grado de infiltración que permitió que los altos mandos supieran con anterioridad todos los pasos y permitiera tomar las medidas del caso.

El ya mencionado Arrosagaray cita, en su investigación, al suboficial Oscar Burgos para desglosar el personal que acompañaba al coronel Berazay en su estado mayor: “teniente coronel Franco, sargento Quiroga, tenientes Chescota y Aloe y otros; además contaban con la colaboración de los suboficiales Freyre, Larreyna, Cerminaro, Tristán, Eugeni y otros, y también con el apoyo de un reducido grupo de civiles”. El coronel debía tomar la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral, mientras que Cortines, quien había salido de su casa de Villa del Parque el día anterior para ajustar los últimos detalles, debía tomar el batallón de Infantería de dicha Escuela, contando para ello con el mayor médico Pignataro y los capitanes Caro y Cano. Mientras tanto el coronel Ibazeta debía tomar la Agrupación Servicios de la división blindada Nº1, siendo acompañado por los suboficiales Marcelo, Stagno, Esnaola, Burgos, Monjes y Chotro.

El primer lugar que debía coparse era la usina, ubicada en el cruce de la ruta 8 con el río Reconquista, para cortar la luz en toda la guarnición y permitir una mayor libertad de movimiento de los rebeldes. Además el corte total de luz serviría de señal a los civiles apostados en torno a la guarnición, como para que iniciaran el avance hacia sus objetivos. Pero los suboficiales en actividad que debían estar adentro a esa hora fueron relevados de sus puestos durante la tarde por las autoridades nacionales, que ya sabían del levantamiento, colocando no solo personal de reemplazo, sino reforzando el lugar.

Los que desde afuera llegaban a copar el espacio designado se encontraron desorientados ante la ausencia de los hombres afines, y antes de tomar el lugar por asalto decidieron retirarse, generando confusión en todo el dispositivo, que esperaba la señal para avanzar.

Ruta 8 y Senador Morón, la entrada de Bella Vista, fue el lugar de reunión de otro grupo, que debía ser comandado por un teniente coronel de apellido Fernández, que nunca apareció. Los suboficiales Goicochea y Mendonca, junto a otros, decidieron continuar por su cuenta, ingresando al lugar, secuestrando un jeep y al oficial que circulaba en él recorriendo los puestos de guardia. El objetivo era la Escuela de Comunicaciones, así que hacia allá avanzaron, y se detuvieron en las proximidades esperando que se corte la luz. Ante la ausencia del jefe, el retraso de la interrupción de energía eléctrica, el inicio de las acciones con disparos de armas de diverso calibre y el escaso poder de fuego que poseían (apenas su pistolas y dos cargadores de repuesto cada uno y alguna que otra arma larga) el grupo decidió retroceder.

El coronel Cortines no esperó el corte de luz, sino que a la hora indicada avanzó junto a un grupo de suboficiales tomó el batallón de infantería de la Escuela de Suboficiales, contando con la colaboración desde adentro de los tenientes primero Jorge Noriega y Néstor Videla. El último era correntino, de Curuzú Cuatiá, músico y buen intérprete del violín.

Por su parte el coronel Ibazeta, quien más allá de los inconvenientes de luz y poder de fuego había tomado su objetivo, buscó a Cortines para unir fuerzas y esperar a Berazay. Arrosagaray dice que los hombres de jefe del operativo habían tomado Puerta 3 a las 23, y que el coronel Berazay dudó sobre los siguientes pasos, y luego de decidirse a ingresar a la guarnición avanzó cien metros, recordó que tenía que hacer un llamado telefónico, volvió sobre sus pasos y no regresó.

Fracaso y fusilamientos

Antes de la medianoche el General Valle debía dar a conocer la proclama de los rebeldes a través de una radio, para eso se debía tomar una antena transmisora, cosa que falló en Avellaneda y marcó el inicio del fin.

Solo en La Pampa se lee la proclama, pero el movimiento sedicioso que llegó a tomar la ciudad de Santa Rosa, fue truncado con el Ejército y la aviación. En La Plata, con una intensa refriega, se tomó el Regimiento de Infantería 7, bajo el mando del coronel Cogorno, y recién al día siguiente la intentona fue ofuscada. Los otros puestos tampoco se consolidan, en algunos casos ni siquiera entran al cuartel ya que hay traiciones evidentes y en los lugares los esperan militares para atraparlos.

En Campo de Mayo las fuerzas que toman algunas unidades son insuficientes para controlar la inmensa guarnición, y pronto los rebeldes son detenidos durante la represión que encabeza el General Lorio. De inmediato se arma un Consejo de Guerra para los oficiales, el cual determina castigar duramente a los complotados, aunque no se llega al extremo de pretender fusilarlos. Desde la superioridad envían órdenes que hacen caso omiso la determinación del Consejo, y a primera hora del 11 de junio ordenan fusilar a los rebeldes. Ya para entonces se había fusilado en distintos lugares del Gran Buenos Aires, y en la madrugada de aquel día se sumarán a la lista de fusilados los Coroneles Cortines e Ibazeta, los Capitanes Cano y Caro, y los tenientes primero Videla y Noriega.

Los suboficiales, detenidos en el microcine, estaban custodiados con guardia reforzada cuando les hacen el juicio militar por su actitud. Horas antes escucharon los disparos de los fusilamientos, y pocos comprendieron de qué se trataba. Cuando el tribunal militar los condenó a muerte, comprendieron que los disparos fueron de fusilamientos. Pero la orden de la superioridad fue que cesaran las ejecuciones, y los suboficiales salvaron su vida a escasas horas de enfrentarse al pelotón.

Si durante los siguientes días de junio no hubo nuevos fusilamientos fue porque el General Juan José Valle, que no fue atrapado, se entregó voluntariamente, bajo la promesa de no ser fusilado y el compromiso que se detendría la matanza. Se cumplió lo segundo, siendo fusilado el martes 12 de junio.

Los detenidos quedarían en esa condición hasta la llegada al poder del Presidente constitucional Arturo Frondizi, quien asumió en 1958 con votos peronistas, traicionando luego los acuerdos que había hecho con Perón.

 

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