Habla la Palabra.

CIRCULO 55

Por
Marta García.
(escritora).

El título parece uno de esos juegos que hacíamos de niños cambiando las vocales de una oración y por eso mismo lo elegí. En el mundo de los adultos hay una creencia respecto a las palabras que las identifica más como una cosa que como un ser vivo.

Los niños saben que esto no es verdad, que las palabras crecen, respiran y aún son capaces de desaparecer, por un rato o para siempre. Por eso es posible jugar con ellas, estirarlas, achatarlas, inventarlas.

La lengua es esa red maravillosa que nos enlaza, ya sea para atraernos como para alejarnos, está hecha con dibujos y sonidos. Por eso hay lenguas muertas, porque alguna vez estuvieron vivas y allí arraigaron los idiomas modernos.

Otra cosa que con seguridad puede hacer la palabra es nombrarnos, engañarnos, incluso delatarnos. A veces a los gritos, a veces con murmullos, pero siempre, siempre que las escuchemos, desplegarán conceptos, lo que es algo así como el alma de la palabra.

En esta oportunidad, estoy escribiendo porque escuché algunas palabras que primero me causaron horror y después la necesidad de compartirlas (otra condición de la palabra es que  permite encontrarnos). La frase fue la siguiente:

“Yo creo que la visión de que hay gente que se está muriendo de hambre no es real, es una visión burguesa”

Increíble. Este hombre, a la sazón asesor del actual Presidente, nos dice que lo que percibimos como realidad es un invento de una clase social (en este caso, la burguesía), esto es: lo “real” es un invento, no existe. Hombre grande que se permite jugar con las palabras y nos previene sobre cualquier creencia que tengamos por verdadera.

Otra cosa que se puede rescatar de estas palabras es que explica la condición social de este hombre. Ya que reniega de ser burgués y no se identifica con los pobres pues habla de ellos en tercera persona, no es empresario ni agrario ni industrial, solo cabe suponer que pertenece a la nobleza.

Estas pocas palabras han delatado a Jaime Durán Barba como un inventor (mi abuelo le decía mentiroso) de realidad y que además en un delirio megalómano creer pertenecer a una nobleza que jamás existió en su Ecuador natal.

Son gente como esta, la que usa mal las palabras, a la que hay que escuchar detenidamente para empezar a vaciar del espantoso ruido que fabrican cada día para meternos en nuestras cabezas.

Cuando escuché esta conversación, sentí que me acuchillaban el corazón y me puse a escribir en defensa propia y ajena.

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